miércoles, 31 de mayo de 2017

«Cuando juzgamos la libertad del prójimo»





Relato «Cuando juzgamos la libertad del prójimo» de Carolina Olivares


Al despertar esta mañana y ver la nueva pose de la estatua de la Libertad decidí acercarme hasta ella solo para preguntarle:
-Señora ¿Por qué imita a una glamurosa dama si usted, por sí misma lo es?-. Libertad me miró algo desconcertada y sorprendida. Quizá no esperaba ser interrogada por nadie, menos por una mujer.
-En honor a la verdad el motivo por el cual hoy decidí aparcar la antorcha y la tablilla y quitarme mi túnica para ponerme un vestido vaporoso es una cuestión demasiado personal-. Contestó. E ingenuamente añadió-. Lo he tomado prestado del ropero de Marilyn Monroe. Somos grandes amigas; está de viaje y sé que a ella no le importa. Además, tú eres la única persona que me ha visto vestida así. Tampoco hay nada malo o cruel en ello.
-¿Acaso usted no se veía glamurosa?-. De nuevas pregunté yo.
-No es cuestión de ser más sofisticada que ella.
-Entonces ¿Quiere ser ella y por eso le imita?
-No. Tampoco es eso.
-Explíqueme. Más que nada porque el Mundo podría cuchichear y decir de usted que ha dejado de ser auténtica o que es una envidiosa.
-¡Ooooh!!!!-. Exclamó avergonzada Libertad-. ¿Por qué habrían de decir semejantes cosas? Yo siento una ferviente admiración hacia Marilyn. Es por ello que está mañana decidí imitarla. No es porque sienta envidia, lo que quise es homenajearle.
-Ahora comprendo; pero tenga en cuenta que la mayoría de la gente es mal pensada y no son capaces de entender el por qué de los actos ajenos. Y critican o juzgan lo que no pueden comprender.
-¡Ooooh!!!-. Volvió a exclamar Libertad-. Qué mal me estoy sintiendo. Solo quise hacer algo bueno y ahora me siento fatal.
Tras la conversación la estatua de la Libertad se quitó el vestido mientras lloraba desconsoladamente y, bajándose del pedestal se marchó corriendo al tiempo que lo tiró al suelo.
No pasó mucho tiempo hasta que alguien denunció a las autoridades la extraña desaparición de la estatua.
-¡Miren, he aquí la prueba del delito!-. Gritó un hombre-. Este vestido pertenece a Marilyn Monroe: ¡la estatua de la Libertad es una ladrona! Hay que detenedla y darle su merecido para que aprenda la lección.
-¡Sí, así es!-. Exclamó otro hombre que, igual que el anterior, no tenía la menor idea de lo que había sucedido-. ¡Qué aprenda y sepa lo que le hacemos a los que roban a los demás!
Cuando la Policía encontró a Libertad pudo averiguarse toda la verdad de la historia. Y aquellos dos hombres que, por ignorancia y de mala fe, le habían llamado ladrona no se disculparon por ello y se alejaron refunfuñando.
Desde entonces, en ciertos ambientes, se comenta que Libertad es una delincuente a la que la Policía dio una paliza por haber atracado una joyería.
Libertad jamás volvió a quitarse la túnica y regresó a su pedestal para abrazar su tablilla y alzar al cielo su antorcha.
Marilyn Monroe, luego de conocer lo ocurrido, visita a diario a su buena amiga. No sabe qué hacer para que ella deje de sentirse mal y triste. Y es que Libertad siempre está seria, mirando al horizonte. Su túnica se ha teñido de verde… El color de la vergüenza. De hecho, toda ella se muestra así. Y su pedestal es gris porque la densa tristeza que la embarga queda almacenaba bajo sus pies.
Quizá no se sienta del mismo modo que es nombrada. Tal vez carezca de lo que tanto se habla, pero tan poco se respeta: LIBERTAD.



AUTORA: Carolina Olivares
ESPAÑA

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