jueves, 29 de marzo de 2018

Liérganes y la leyenda del 'hombre pez'

Liérganes y la leyenda del 'hombre pez'

Por Carolina Olivares Rodríguez*.- Marzo 2018
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Liérganes es el nombre de un pueblo de Cantabria (Comunidad Autónoma situada al norte de España). Próximo a la capital, a unos quince kilómetros de la ciudad de Santander, Liérganes invita al turista a descubrir todos y cada uno de los encantos que guarda.
Entre el decorado natural que muestra su escenario —donde destacan principalmente los colores ocres y verdosos— se alzan, turgentes, dos montes: Pico Levante y Peña Coba, que respectivamente, se les conoce como Cotillamón y Marimón. Curiosamente, estos nombres corresponden a 'Las tetas de Liérganes'.
Y por cierto, qué extraño resulta que dos montes, apodados como 'tetas' lleven nombres masculinos. En fin, 'cantabradas'.
El pueblo y 'sus peculiares tetas' son un perfecto reclamo turístico. Pero Liérganes, aparte de otros encantos, también nos invita a que descubramos su prodigiosa leyenda. No es otra que la mitológica leyenda cántabra llamada 'La leyenda del hombre pez'.
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La leyenda del 'hombre pez'
Había una vez, en Liérganes, un muchachuco llamado Francisco. Francisco era el segundo hijo de los cuatro que tenía un matrimonio formado por Francisco de la Vega y María de Casar.
Listo como un demonio, Francisco dejaba a diario todas las tareas sin concluir por hacer lo que más le gustaba en la vida: nadar. Era tal la afición y pasión que tenía, que en cierta ocasión, su madre, viéndole dejar las ropas en la orilla del río para bañarse en sus aguas, le llamó para que desistiera de ello y le advirtió del duro castigo que le impondría en caso de desobedecer. Pero como Francisco hizo oídos sordos a las palabras de su madre, esta le echó la siguiente maldición: 'así te vuelvas pez'.
Un día, la víspera de San Juan del año 1674, Francisco y varios de sus amigos se fueron a nadar al río Miera. Tras desnudarse, se metió en el agua y se puso a nadar, río abajo, hasta que desapareció de la vista. Al principio, por ser Francisco muy buen nadador, no temieron por él; sin embargo, pasadas unas cuantas horas, extrañados al ver que no volvía, sus amigos le dieron por muerto.
Nada más se supo de Francisco.

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A los cinco años del suceso, en el año 1679, y en la otra punta de España, concretamente en la bahía de Cádiz, un misterioso ser acuático, con aspecto humano, se dejó ver a unos pescadores; sin embargo, al momento de acercarse a él... Desapareció. Esto se repetiría en días sucesivos, siempre con el mismo resultado final. Hasta que un día, luego de ver al extraño ser y lanzarle trozos de pan, lograron atraparle entre sus redes.
Y en la cubierta de la embarcación pesquera, los pescadores quedaron asombrados al ver que lo que habían pescado era en verdad un hombre: un joven pelirrojo de constitución corpulenta, de poco pelo, semblante muy pálido y las uñas desgastadas. Lo más llamativo de él era las dos tiras de escamas que tenía en el cuerpo: una iba desde la garganta hasta el estómago, la otra le recorría el espinazo.
Los pescadores llevaron al hombre al convento de San Francisco. Allí, los frailes, tras realizar un conjuro para que los espíritus malvados que pudieran habitar en aquel cuerpo fueran expulsados, le sometieron a un interrogatorio donde le hablaron en varias lenguas. Sin embargo, aquel hombre no articuló ni una sola palabra. Pero a los pocos días, los esfuerzos de los frailes tuvieron recompensa. Aquel extraño hombre, rescatado de las aguas gaditanas, había pronunciado una palabra: Liérganes.
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Lo ocurrido corrió como un reguero de pólvora por la ciudad, pero nadie pudo comprender el significado de aquella palabra. Entonces la palabra llegó a los oídos de un muchacho de Cantabria que había emigrado a Cádiz, en busca de jornal. El muchacho comentó que en su tierra, Cantabria, había un pueblo llamado Liérganes. Asimismo, Domingo de la Cantolla, que ejercía de secretario del Santo Oficio de la Inquisición, corroboró la información puesto que él mismo había nacido allí.
Sin demora, hicieron llegar el suceso a Liérganes. Había que averiguar si en este pueblo, años atrás, habían acontecido cosas extrañas y saber si algún lugareño había desaparecido. La respuesta que llegó desde Liérganes fue que había una única desaparición registrada cinco años atrás: la de Francisco de la Vega de Casar.
Para cerciorarse que, efectivamente, el hombre era realmente Francisco, un fraile llamado Juan Rosendo le acompañó en su viaje de retorno hasta Liérganes.
Ya en Cantabria, próximos a Liérganes, a la altura del monte de La Dehesa, el fraile le dijo al hombre que tomara camino en dirección a su pueblo. Y Francisco, en silencio, tomó el camino directo a Liérganes sin equivocación.
Una vez en su pueblo, Francisco se dirigió a la casa de su madre. Y ella, nada más verle, le reconoció al instante. Y sus tres hermanos, que estaban dentro de la casa, al salir, también le reconocieron.
De nuevo en su casa, Francisco llevó una vida apacible, en la que no mostraría interés por nada. Solía ir descalzo; y si le daban ropa para vestir, se la ponía, y si no, andaba desnudo. Nunca hablaba; de tarde en tarde decía: 'pan', 'tabaco', 'vino', aunque no estaba asociado al deseo de comer, fumar o beber. Las veces que comía lo hacía con gana. Luego podía estar días y días sin llevarse nada a la boca.
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Francisco era tranquilo, y cuando le mandaban hacer algún recado, lo hacía sin protestar. Todo esto le llevó a ser tachado de loco. A los nueve años de retornar a Liérganes, Francisco desaparecería para siempre en las aguas. Jamás se supo más de él.
Liérganes recuerda eternamente a 'su hombre pez'
En Lierganes, junto al río Miera, hay una estatua y una placa que recuerdan que allí, en aquel pueblo de Cantabria, hubo un hombre llamado Francisco de la Vega de Casar que —convirtiendo en realidad la maldición que le echara su madre— pasó a la historia con el nombre de 'El hombre pez'.
 
* Carolina Olivares Rodríguez es escritora, fotógrafa y colaboradora de diversos programas de radio.  

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