jueves, 15 de junio de 2017

LOS SENDERO DE LA MEMORIA

Gracias a la memoria se da en los hombres lo que se llama experiencia”.
Aristóteles. 

“Una memoria ejercitada es guía más valiosa que el genio y la sensibilidad”.
Friedrich von Schiller. 

“Lo que ocurre en el pasado vuelve a ser vivido en la memoria”.
John Dewey.

“La memoria es el centinela del cerebro”.
William Shakespeare.

LOS SENDEROS DE LA MEMORIA.

YO, LO VÍ. Relatos auténticos de la vida real.
©Todos los Derechos Reservados del Texto. 15/06/2017.
Autor: Manuel F. Romero Mazziotti Tucumán Argentina.

Vi a un viejo y arrugado pescador que tocaba una guitarra que le faltaba una cuerda, cantando despacito, mientras navegábamos en el canal de un manglar, en Santo Domingo. Me cautiva el ritmo y la música de la Republica Dominicana, que el viejo cantaba mientras movía con destreza sus largos y nervudos dedos. Le pregunté ¿qué tocas, caballero? .
Me miró, sonriendo con todas sus arrugas, tostadas por el sol del caribe y con sus dientes blancos y perfectos, me dijo, “Una canción de amor caballero, para mi negra viejita, que ya la estoy extrañando”. Simplemente pensé, “Eso, es amor”.

Vi, en una templada y bella laguna del sur de Brasil, a una mujer madura, de cabello rubio y con algunas canas, muy largo, tejido en una hermosa trenza sostenida por una vincha naranja. Su cuerpo hermoso, delgado y fuerte y su piel del color da la miel, apenas cubierto por una camisa tejida dejaba ver una pequeña bikini del mismo color de la vincha. Estaba a la par de su hombre, un mulato fuerte y alto de cuerpo puro músculos, de bigotes y barba blanca. Los pliegues de sus arrugas de sus maduros años, contrastaban con la mirada de puro amor que se sumergían en el océano de los de su mujer. Sumergidos hasta un poco más de la cintura en el agua, sostenían una red de pesca que mantenían extendida, y su atención en la laguna.
Me acerqué despacio por detrás para filmar la situación, ella me escuchó, y con una agradable sonrisa se puso el dedo en los labios indicándome ¡silencio!. Mi mujer, que se aferraba de mi cintura, sentía su hermoso cuerpo afirmado en mi espalda, que me excitaba al extremo, la vi que movía la cabeza asintiendo. Pasó un delfín, que según los pescadores les traía la pesca a la laguna, y arrojaron la red. Con abundante pesca, que mi mujer les ayudó a llevarla a la costa, los dos no dejaban de sonreír, él se acercó a mi mujer le dio un sonoro beso en la mejilla, diciéndole que les había traído mucha suerte en la pesca, y luego abrazó a su mujer y la besó apasionadamente, como la primera vez en su vida.
Con este matrimonio de pescadores, días después, salimos a navegar, pasear y pescar, en su hermoso barquito pintado de amarillo.

Vi a un niño muy pobre, al que le dimos dos sándwich bien surtidos y una gaseosa pequeña, sentarse en un cantero de un enorme árbol, un alcanfor, en la vereda de mi negocio, a comerlos.
Tenía tres perritos viejos, pequeños y sucios, que lo miraban y le movían la cola con insistencia cuando empezó a comer. El niño los miró, sacó de una bolsa toda la comida y la repartió en partes iguales, entre los perritos, y él se conformó con la gaseosa, mientras les sonreía y los acariciaba.

Vi a un buen hombre colgado por su cuello, sin vida, agobiado por las penas y la soledad, en el baño de su casa. Había fallecido su madre, una anciana italiana y encantadora, hacía poco tiempo, y él, era un maduro solterón. Yo levanté su cuerpo frio, muy impresionado con la rigidez de la muerte, mientras su sobrino, llorando desconsolado, lo liberaba de las ataduras del lazo. A pesar de que yo era un hombre joven, y ocurrió hace muchos años, todavía cuando recuerdo el episodio, y me hace mucho ruido en mi memoria.

Vi a un caballo cruzando nadando con soltura, un profundo y ancho arroyo que había inundado, después de una fuerte lluvia, una parte de un pueblo del interior de mi provincia. En el amplio y fuerte lomo transportaba un enorme perro negro, otro pequeño y a un gato grande y gris, miedoso, que se había subido al lomo del perro grande, temerosos de la correntada. Ninguno se movía y se toleraban perfectamente, atentos a los movimientos del caballo. Cuando el caballo llegó a un lugar seco, el gato saltó velozmente y se perdió en medio de los pastizales. El perro negro comenzó a pasarle su áspera lengua al más chico como acariciándolo y para que se bajara, pero no lo hizo. Entonces se bajó él.
Me acerqué al caballo para bajar al perrito, pero el perro grande comenzó a gruñirme y mostrarme los dientes, entonces el caballo comenzó a trotar y se fue, con el perrito en el lomo y el grande trotando su lado.

Vi a mi padre, una mañana muy temprano, colocar dentro de una bolsa a una gata callejera que se afincó en su fábrica y tenía cría numerosa por lo menos dos veces al año. A mi padre nunca le gustaron los animales, idea que nunca compartí pero siempre respeté. Cansado del problema de tantos gatos que se le metían a su oficina y le ensuciaban, también sus empleados que tenían que limpiar, le juntaron toda la cría, eran pequeñitos y también los puso en la bolsa, a pesar de la sugerencia de un obrero de que los mate, sugerencia que estoy seguro mi padre no aceptaría nunca. Y mi padre tenía razón, yo hacía las tareas de la escuela en la punta de su enorme escritorio, y también me molestaba la suciedad y el mal olor.
Cargó la bolsa en su camioneta y antes de irse le pedí que me llevara. Me miró con cara de hombre muy serio, y me hizo señas que suba. Viajamos varios minutos en silencio, hasta llegar a un terreno abandonado detrás de un Cementerio. Se bajó, ni me miró, ni dijo una palabra, tomó la bolsa, se metió en los pastos altos, la desató, retornó a la camioneta y volvimos.
Una semana después, para la sorpresa de todos, apareció la gata, sentadita en la puerta de la fábrica. Abrieron y ella entró primero. Creo que mi padre se sorprendió por el enorme sentido de orientación del animalito y no dijo nada.
Pero lo más curioso y sorprendente fue que todos los días, traía una cría, agarrada con su boca del lomo y lo dejaba en la fábrica. Y así continuó, hasta traerlos a todos, sus seis gatitos. Desde ese día, mi padre ordenaba comprar dos litros de leche que distribuían en seis pequeños tazones que fabricaron sus empleados.
Curiosamente, ninguna cría entró nunca más a su oficina, ni ensuciaron, tampoco ella, la gata, a la que bautizaron “mamita”. Uno de los empleados puso un cajón con viruta de madera de la sección carpintería y todos los gatos ensuciaban allí. “Mamita” se subía al escritorio de mi padre y se sentaba, atigrada, gorda y hermosa, y se quedaba quietita viéndolo trabajar y diseñar, ronroneándole y acompañándolo en su soledad. Más de una vez, lo sorprendí a mi viejo querido, acariciándola con mucho cariño.

Vi a un hombre viejo y ciego que vendía paquetes de cigarrillos en una cancha de futbol. Los cargaba en una bolsa que llevaba colgando de un hombro. Alguien, desde lo alto de la tribuna le pedía determinada marca, él metía la mano en la bolsa de tela, elegía el paquete correcto y guiándose solo por su tacto y el sonido de la voz, se lo tiraba justo a las manos del cliente, sentado arriba de la tribuna. Éste le alcanzaba el dinero que pasaba por varias manos y él, cuando lo recibía, contaba el dinero y le enviaba el cambio correcto. Tenía tan desarrollados sus sentidos del tacto y del oído, que por el sonido de la voz, conocía el nombre de sus clientes, y a viva voz con los que conversaba, les contaba cuentos “non santos”, y que todos celebraban a carcajadas.

Vi a mi padre, en una noche casi primaveral de julio, representar, con un grupo de teatro vocacional que él dirigía, una versión contemporánea de “Hamlet”. Yo estaba sentado en primera fila, en las rodillas de mi tío Hipólito, a la par de mi abuelo y mi abuela. Por supuesto que a los cinco años, no entendía nada, sólo recuerdo el respetuoso silencio que se hizo en el patio al aire libre de una Biblioteca de barrio, cuando subió el telón. A pesar de mi corta edad, y a pesar de los años, perduran los ecos de esos recuerdos. Sentí tanto orgullo en ese momento, que no pudo ser superado nunca por nada, en mi memoria.

Vi, hace ya muchos años, a un grupo de niños y niñas aborígenes Coyas, muy pobres, en una mañana muy fría, en pleno invierno, con sus delantales casi blancos y las zapatillas cortadas en las puntas, para que salieran los dedos, ya que les eran chicas. Parados en la vera de la ruta de tierra y polvorienta, le hacían señas al colectivo donde venía yo, desde la Quiaca en la provincia de Jujuy, un pueblo en la frontera con Bolivia. Hacía tanto frio que los vidrios se empañaban. Es un lugar en las montañas jujeñas que se encuentra a tres mil quinientos metros de altura. Yo tenía un cliente muy fuerte en la Quiaca que me compraba repuestos para vehículos de carga en mucha cantidad, algunas veces llenábamos un vagón de ferrocarril, y me pagaba personalmente en dólares y en efectivo. Él los vendía en Bolivia con mucha ganancia. Hace más de treinta años de esto, y pocos hacían semejante viaje, por caminos construidos a fuerza de dinamita, bordeando el Rio Grande, seco en invierno y caudaloso en las pocas tormentas de verano, en medio de un páramo ocre, casi sin agua ni vegetación.
Para colmos, cuando el camino pasa por la Mina Aguilar, asciende a más de 4000 Mts. y allí se siente la falta de oxígeno. En ese lugar hay un puesto de Gendarmería con una enfermería y carpas de oxígeno para las personas afectadas por “la puna”. La verdad para los que no están acostumbrados, era un verdadero sacrificio, por eso no viajaba casi ningún comerciante allí, salvo yo, que en mi rubro, vendía muy bien.
Siempre me gustó sentarme en el primer asiento del ajetreado y viejo colectivo, casi sin comodidades. Se puede observar mejor la belleza del paisaje y el camino. El colectivo se detuvo en medio de una nube de tierra y polvo ocre. (En esos años, no llovía casi nunca allí). Cuando se disipó, uno de los niños tapados por la tierra y el polvo, parado a la vera del camino dijo, “Buenos días señor chofer, vamos a la escuela de Humahuaca, nos puede llevar? El chofer, un moreno grandote de brazos enormes dijo” por supuesto niños, suban”. Y subieron todos, pero a pesar de que había lugar, ninguno se sentó. Me llamó la atención y le pregunté al chofer, y me dijo,” La empresa no me permite llevar pasajeros sin pagar, pero yo los llevo igual. El Cacique del pueblo me agradeció y me dijo que ninguno se sentaría, a pesar que ya insistí varias veces, no lo hacen, y siempre piden permiso para subir”. A mi lado se tomaba del asiento una pequeña niña, cubierta con el polvo ancestral del lugar. Adornaba su cabecita con dos trenzas que se sujetaban con unas cintitas tejidas con hilos de lana roja.
En un impulso natural le acaricié su cabecita. Inmediatamente, un niño más grande, me miró serio y la apartó del asiento. El chofer se dio cuenta y sonriendo me dijo, “Yo estuve en su caserío invitado a comer unos chivitos, y escuché que el Cacique les decía a los niños, “El más grande cuida con su vida al más chico, el más chico respeta al más grande, y las mujeres no se tocan”. Y entendí, en esas simples palabras, una pequeña parte de sus costumbres, llenas de respeto por las personas, especialmente por las mujeres y el amor por los débiles.

Vi, en una pequeña y coqueta Capilla, cerca de mi casa, ya hace algunos años, cuando acompañaba a un viejo amigo mientras bautizaban a su nieta, a una pareja de sesentones que esperaban para casarse. Él, alto, delgado y bien plantado, barba y tupidos bigotes blancos, vestido impecablemente con un smoking. Ella, el pelo largo y blanquísimo, hermoso. Estaba vestida con un largo vestido de color natural, muy recatado, y unos ojos, que envidiaría hasta el cielo. Era hermoso verlos sonreír y mirarse con todo el amor del mundo. Curioso, le pregunté por ellos a otro anciano, el cura Martín.
Me miró muy serio y me dijo, “Se aman desde el primer día que se vieron, él es un conocido profesional, que perdió a su mujer en un accidente hace varios años, los dos tienen hijos y nietos, y hace una semana decidieron casarse, él es su médico, que la atiende desde antes de enviudar. Ella tiene un cáncer, él lo sabe, ella todavía no. Yo los casaré, y no me preguntes nada más”. Y se fue a ayudar con los preparativos.
Lo cometamos con mi viejo amigo, y nos quedamos un rato más, para presenciar la boda. Numerosos niños vestidos de blanco y también pequeñas niñas vestidas de rosa, nos repartieron a todos los presentes, que éramos numerosos, una hermosa rosa roja o rosa y un pequeño paquetito de arroz. Con mucha felicidad, hace un par de años, todavía los veo pasar por mi casa a estos dos enamorados del amor y de la vida, en las tardecitas tan bellas de mi pequeña ciudad, donde siempre hay árboles florecidos o algunas lindas plantas de estación coloridas por sus flores, caminando despacito y del brazo, conversando animadamente siempre, como si toda la vida no les alcanzaría para decirse cuanto se aman. Se dirigen en dirección a un hermosa y plácida placita, llena de juegos para niños y perros cuidadores, a dos cuadras de mi casa. El Supremo Creador, en su Divina Misericordia, les concedió un tiempo más para amarse, juntos.

Vi en Quintana Roo, la Rivera Maya, desde arriba de una pirámide Maya, a un hombre que subía los altos escalones llevando a un niño en sus espaldas en una bolsa tejida y colorida. Cuando estuvo más cerca, vi que le faltaban las piernas, desde las rodillas. Quedé consternado. Algunas personas lo rodeaban, estimulándolo, y las mujeres lloraban. Todos estaban vestidos con la ropa típica de este gran pueblo.
El esfuerzo que hacía con sus brazos era tremendo. Transpirando a raudales, con el rostro contraído por la formidable lucha por llegar, se le notaban los músculos de sus brazos como raíces nervudas que querían romper la piel. Con un último esfuerzo llegó y perdió el conocimiento.
Hanz, mi cardiólogo y amigo que me acompañaba en ese viaje, rápidamente se abrió paso entre los presentes, lo acostó sobre las talladas piedras de la pirámide trunca, lo revisó a conciencia, pidió agua, que le alcanzaron al instante y comenzó a mojarle la cabeza y la cara. Le dio unas sonoras palmadas en el rostro y casi inmediatamente reaccionó. Luego, miró al niño, que parecía dormido, sólo su cabello renegrido se movía al compás de le fresca brisa que se percibía en las alturas de la pirámide, y sonrió, mientras sentado en el piso abrazaba las piernas de mi amigo, que se conmovió.
Hablamos con un hombre que lo acompañaba y nos contó, “El hijito está enfermo con la enfermedad del sueño, él, su padre, le prometió este sacrificio al Itzamnaaj, el Señor de la Creación, para que cure a su hijo”. Este enorme sacrificio y amor, de un hombre por su hijo y la fe en su Dios, me impresionó tanto que se grabó en mí memoria.

Vi a un hombre, sentado muy quieto y tranquilo, en un estrecho sendero de tierra roja, marcado en la selva del Impenetrable, muy al norte de mi País por miles de pisadas ancestrales, que se perdía en medio de la frondosa vegetación del Chaco Gualamba, en Argentina, cerca de la frontera con Paraguay.
El hombre, era un indio de raza Toba.
Grande, moreno, con enormes cicatrices en su espalda desnuda. Tenía una vincha tejida con hilos de chaguar, y adornaba su cuello con numerosos colgantes de pequeños huesos, borlitas de colores y algunos enormes colmillos de fieras del monte. Sobre su cabeza, sus hombros, brazos y manos, se asentaban muchos bellos pajaritos que picoteaban su piel y cantaban a más no poder, mientras él permanecía sentado, en la posición de Loto.
Imperturbable y estatuario, sólo se percibía en su rostro el leve atisbo de una sonrisa. Le pregunté a un misionero sueco que nos servía de guía, y me dijo que era Nilataj, el chamán (brujo) de la tribu. En idioma guaycurú, que no entendí, me tradujo. Lo llamaban el “Encantador de pájaros”.

Vi, hace muchos años, en las alturas de las montañas de colores de Purmamarca, cerca de un puesto de un cuidador de ganado bovino, a un hombre quemado por los vientos y todos los soles de las montañas, en la puerta de su casita construida a resguardo de los vientos en un terreno plano casi escondido debajo del camino. Yo ya lo había visitado una vez, para comprarle dos enormes jarrones de arcilla, horneados y pintados, para la galería del frente de mí casa. Estaba tallando a cuchillo unas ramas gruesas de color rojo fuego de madera blanda. Cuando me vio estacionar la camioneta sobre el camino, muy amablemente se acercó y me invitó a la sombra de su rancho. Allí, en las alturas de las montañas el sol es muy fuerte y el viento bastante fresco. Acepté y me bajé con un enorme bollo con chicharrón que había comprado esa mañana y un paquete de yerba sin abrir y uno de azúcar, que siempre llevo algunos detrás del asiento. Para esta gente tan buena es muy apreciado el azúcar, la yerba y la sal, con la que salan la carne y la secan al sol y al viento. Y así, hacen “el charqui” que les dura un tiempo. Estos hombres muy buenos y solitarios, les gusta conversar, es un modo de mitigar su perenne soledad. Nos acomodamos en el fogón con un tronco de Arrayán siempre encendido en la galería, y me invitó con una mateada de yerba y hierbas, ricas y aromáticas. Y yo siguiendo mi costumbre le empecé a preguntar cosas, que me respondía un tanto parcamente, sin perder la amabilidad. Esto me llamó la atención.
Le pregunté si la pasaba o necesitaba algo. A lo que me respondió, “Mire, mi amigo, lo que yo necesito nadie me lo puede dar, ni Diosito” Me habló con una pena tan profunda, que sentí parte de su propia angustia, me quede callado y observé lo que estaba tallando.
Rústicamente, era la cara de un perro, que ya había terminado. Debajo de la imagen estaba tallando el nombre “Mocho” Tomé un par de mates más y no pude con la curiosidad y le pregunté. Y me contestó,“¡¡Ay mi amigo!! Mi compañero de hace 15 años se me lo murió señor. Y ya de viejito señor, se murió nomás en mis brazos, señor. Le estoy haciendo su carita para ponerlo en la punta de la quinua en la tumba. Venga, amigo”, dijo, y me llevó al patio trasero de su casita. Allí, debajo de un Arrayán estaba la tumba del perro, adornada con piedras con trozos me mica que brillaban con el sol. El hombre clavó la estaca de quinua y colgó el lindo grabado que hizo.
Estos perros de las montañas, grandotes y de raza indefinida, son tan nobles como sus dueños, defienden a lo que aman con su vida, y son sus compañeros inseparables. Por eso entendí la enorme pena del hombre, era como si hubiera perdido un hijo.

Vi a mi hijo mayor, un domingo a la mañana, cuando nos regresábamos de trabajar, a cincuenta metros delante mío, de pronto cruzar su enorme camioneta en toda la mano de la avenida Aconquija, frenándola bruscamente en medio de la calle, lo que me obligó también a mi frenar rápidamente y a todo el tráfico de esos momentos, que era bastante. Luego se bajó y comenzó a correr hacia adelante, pero yo no veía nada. Y esto fue lo que pasó: Una pequeña niña con su pequeña bicicleta había salido por el garaje de su casa y en su inocencia se bajó por una calla lateral que tenía una bajada pronunciada hacia la avenida, y apareció a toda velocidad en medio de la calle dándose un tremendo golpe, que la hizo perder el conocimiento. Al ver esto, mi hijo cruzó la camioneta para que nadie la atropellara accidentalmente. Cuando yo y algunos curiosos que se bajaron de sus autos, vi a mi hijo cargarla a la niña acostada en el asiento de la camioneta, una de las personas que estaba allí gritó ¡¡Espera, soy médico!! Y se subió a la camioneta mientras mi hijo arrancaba a toda velocidad. En esos momentos aparecieron los padres de la niña, dos personas muy jóvenes, que al ver la camioneta tomar velocidad y la bicicletita de la niña en medio de la calle supusieron lo peor. En medio del llanto de la madre los tomé a los dos de sus brazos y los subí a mi auto mientras trataba de explicarle lo que había pasado.
Yo sabía a donde mi hijo se dirigiría, el lugar más cercano era un Sanatorio privado de niños, propiedad del Dr. Forenza, mi amigo y piloto, y socio como yo del Aero Club, y mi hijo lo conocía. A pesar de andar rápido, cuando llegamos ya la niña había recuperado el conocimiento con la ayuda de ése anónimo médico que acompañó a mi hijo y estaba en una sala de primeros auxilios con mi amigo el Dr.Forenza, y otras tres personas.
Mi hijo permanecía afuera observando por una ventana. A nosotros tampoco nos dejaron entrar, así que le grité a mi amigo por su apellido se dio vueltas me sonrió y levantó el pulgar. Y allí, recién respiramos un poco más aliviados de las tensiones.
El primero que salió fue el médico anónimo, todo un señor que ya pintaba canas con su impecable camisa manchada con sangre. Lo primero que hizo se fue directo a mi hijo y lo abrazó emocionado. En ese entonces mi hijo tenía diecinueve años. Lo palmeó cariñosamente en la mejilla y le dijo, “¡¡¡muchacho extraordinario!!! Te felicito por lo que hiciste y nos trajiste más rápido que una ambulancia”. Nos acercamos y nos dijo que todo estaba bien, que sólo tenía un corte en el cuero cabelludo de siete puntos, por eso era la sangre. Le realizarían algunos estudios complementarios por las dudas pero todo estaba bien. El matrimonio quiso agradecerle y al menos devolverle una camisa, le preguntaron su nombre, y el respondió “no se preocupen por mí ni de mi camisa, agradézcanle a este muchachito por todo lo que hizo”. Y se fue. Yo sentí un genuino y enorme orgullo por mi hijo. Pedí un teléfono y la avisé a mi mujer que llegaríamos tarde a almorzar. Un rato después trasladaron a la pequeña a una habitación y le explicaron a los padres que quedaría un par de días para hacerle algunos estudios y radiografías por el golpe en la cabeza y curarle los raspones de sus bracitos. Abrazaron emocionados a mi hijo y nos fuimos.
Al otro día, al medio día, mi hijo se fue a ver a la pequeña al Sanatorio y le llevó de regalo un osito de peluche.
El domingo siguiente a la tarde aparecieron Gastón, Cecilia y Felicitas, la niña, en mi casa para saludar a mi hijo. Y allí nació una hermosa amistad que perdura entre ellos y sus hijos, desde hace más de treinta años.

Vi estacionado a la vera de un camino de tierra, hace algunos años, en un lugar inhóspito de las sierras de Catamarca, llamado “Ayapaso” a una enorme carreta con techo de cuero de vaca, cargada con leña y carbón. Estas carretas recorren grandes distancias, hasta que venden toda la leña o el carbón de quebracho que transportan, viaje que a veces dura varios días. El carretero, hombre de campo quemado por el sol, de muchos e indefinidos años, había colocado sobre el pescante de la carreta para cubrirlo del sol a su compañero de siempre, su fiel y enorme perro, negro y de pelo brilloso, sobre su poncho. Mis amigos y yo volvíamos de descansar unos días en una bonita una estancia en las sierras, de uno de ellos. La curiosidad hizo que me detuviera.
Perro de gran porte, muy macho y sin miedo, se había topado con un jabalí, y en una feroz pelea había recibido una herida profunda en el lomo. El hombre no lloraba, apesumbrado y hasta quizás resignado por la mala suerte de su compañero de la vida. Tenía los ojos secos y fijos en su perro mientras nos contaba.
El jabalí yacía muerto, arriba de la leña de la carreta, con la garganta destrozada por el perro. Conmigo viajaban tres médicos, uno de ellos cirujano, y veníamos de una semana de caza de conejos, y comer el mejor asado de cabritos de las sierras, donde mi amigo tenía un criadero de chanchos y cabritos, en una gran estancia heredada de sus abuelos.
Escucharon al hombre, que con pena les mostraba a su perro herido, se miraron entre sí, bajaron de mi camioneta un completo bolsón de cuero que siempre llevan, mientras mi amigo cirujano le explicaba que todos eran médicos e iban a curar a su perro mientas le repetía con voz pausada y tranquila “no tenga miedo por su compañero mi amigo, lo vamos a dormir un ratito para que no le duelan las curaciones”. Luego anestesiaron al perro, curaron sus heridas y lo cosieron con gran cuidado. Mientras yo trataba de calmar a este sufrido hombre de los caminos, hasta que se fue a un costado de la carreta, tomo un puñado de tierra con sus dos manos y comenzó a orar despacito en la lengua quecha. Seguramente oraba a la Madre Tierra, la Pachamama. Terminado el trabajo, que duró menos de una hora, Gabriel Parrado, mi amigo cirujano le dijo, “dormirá un rato más, llévelo arriba de la carreta, no lo deje caminar por unos días y dele estos remedios y cúrelo todos los días con este líquido rojo y cámbiele las vendas que aquí le dejo todo lo necesario, en una semana estará muy bien”. Mientras mi amigo hablaba, en el hombre comenzaron a correr por sus arrugas de tanto viento, tanta soledad, tanto sol y tantas tormentas, unas cristalinas lágrimas de agradecimiento y alegría. Quiso pagarle con carbón, pero mi amigo dijo” no, mi amigo, ya estamos bien pagados por haberlo ayudado, todos sabemos aquí que ese perro es como un hijo para usted, su única compañía en estos largos y solitarios viajes”. El carrero, se abrió la camisa y se quitó un viejo Rosario con una hermosa cruz de madera de palo santo y se la regaló a mí amigo. Él, emocionado, igual que todos, no pudo negarse a recibirlo.
Hace algunos años de esto, pero todavía sigue colgado el Rosario en el espejo retrovisor de su auto, de mi amigo Gabriel, ya jubilado de su profesión como yo, acompañándolo a todas partes.

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