jueves, 17 de mayo de 2018

Una caña y una ensaladilla

Una caña y una ensaladilla
Aquel día habíamos decido ir a comer fuera de casa y reservamos una mesa en uno de los restaurantes de la ciudad, (costumbre que he tomado de mi esposa, que como es más previsora que yo, llama primero para que le guarden una y así no quedarse sin sitio). Cuando llegamos, el maître preguntó:
- Tienen reserva.
- Efectivamente – contesté.
-¿Por favor, me dice a qué nombre? –
Tras dárselo nos condujo a un lugar del comedor, donde había dos meses, sobre las que había un cartel que decía: Reservada.
-Escoja la que quiera – me ofreció.
-¿Te parece bien ésta? - pregunté a mi mujer, señalando una de las dos.
-Son iguales, cualquiera de ellas vale – replicó.
Nos sentamos y tras consultar la carta pedimos. Tras estar allí unos diez minutos y haber consumido una cerveza y unas almendras esperando la llegada del pedido. Observé que un joven, no me atrevo de calificarlo de niño, por lo que diré después, se sentó en la otra. Iba solo y se quedó mirando, en apariencia, hacia la puerta y al acercarse la camarera le dijo algo señalando la carta que le había dado y que no pude oír por el ruido del comedor. Los españoles, a diferencia de los ingleses somos alegres y lo expresamos a voz en grito, lo que se nos nota en todos sitios, pues los pub que había visitado en esa isla tan bonita que tienen, pese a encontrarse llenos, parecen cementerio de lo silenciosos que están, los viernes, claro está, los demás días solamente están, el borracho de turno apoyado en la barra, y la guitarra española colgada de la pared.
Al cabo de otros diez minutos, el joven seguía sentado solo en la mesa, lo que comenzó a extrañarme. ¿Tenía que venir alguien para acompañarlo? ¿No era posible que estuviera allí solo? - Algo se me debió notar, pues mi esposa, tras esperar que la camarera, que llegaba en aquel momento, nos sirviera, me dijo en voz baja:
-Debe ser familia de la dueña.
Y dirigiéndose al muchacho le preguntó.
-¿Cuántos, años tienes?
-Doce – contestó el joven.
- Como mis nietos ¿Vas al Instituto?
-No a los Maristas.
La conversación terminó ahí. A él también le habían servido un buen plato de macarrones y todos nos centramos en comer.
Pese a todo no lo perdía de vista, allí había algo que no me cuadraba, quizás ya esté un poco salido de órbita..
El joven comía deprisa y terminó antes que nosotros. Entonces como lo más natural del mundo pidió la cuenta, se sacó un montón de euros del bolsillo, pagó y se marchó.
-¿Ha dicho que tenía doce años? – pregunté atónito, al ver como un niño había actuado con mayor soltura de la que empleaba, muchas veces, una persona a la que llamamos, un mayor.
-Sí, eso ha dicho. ¿Por qué?
-¿No te has dado cuenta?
-No. ¿Qué ha pasado?
- Carece de importancia - contesté, mientras mentalmente retrocedía muchos años en el tiempo y comparaba la conducta de aquel crío con la que habíamos tenido nosotros cuando, habiendo recibido las notas de último curso de bachillerato, fuimos toda la pandilla a celebrarlo a un bar cercano, y, tras mucho vacilar pues solamente llevábamos 5 pts., pedimos tras consultar el precio:
- Una caña, y una ensaladilla.
Sin embargo, aquel crío había reservado mesa, consultado la carta, comido tan tranquilo, pedido la cuenta y, sin pestañear, pagado.
El tiempo cambia muchas cosas.

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